Simon & Garfunkel

La lletra de Els sons del silenci m'ha fet vindre al cap l'imatge dels mòbils i de les xarxes socials i els seus silencis sorollosos, de whatshaps, missatges, " me gusta " i " compartir ". Molt compartir......  





Hola, obscuridad, mi vieja amiga;
he venido a hablar contigo otra vez
porque una visión, deslizándose suavemente,
dejó sus gérmenes mientras estaba durmiendo
y la visión sembrada en mi cerebro aún continúa
dentro del sonido del silencio.
En sueños interminables paseaba solo
por estrechas calles adoquinadas;
bajo el halo de una farola
me levanté el cuello por el frío y la niebla,
y mis ojos fueron heridos
por el destello de una luz de neón
que hendió la obscuridad
y alcanzó el sonido del silencio.
En la desnuda luz vi
diez mil personas, o puede que más;
la gente charlaba sin hablar,
la gente oía sin escuchar,
la gente escribía canciones
que ninguna voz compartiría.
Nadie se atrevía...
a romper el sonido del silencio.
«¡Bobos! –les dije–, no sabéis
que el silencio crecerá como un cáncer.
Escuchad las palabras que podría enseñaros;
tomad los brazos que podría extender hacia vosotros».
Pero mis palabras cayeron
como silenciosas gotas de lluvia
que resonaron en el pozo del silencio.
Y la gente se arrodilló y rezó,
convirtiendo al neón en su dios.
Y el letrero emitió su mensaje
con las palabras de que estaba formado.
Y el letrero decía:
«Las palabras de los profetas
están escritas en las paredes de los metros
y de las chabolas».
Y susurradas en el sonido del silencio.

Paul Frederic Simon y Arthur Garfunkel

Dentro de la evolución del rock, Simon & Garfunkel representan un aspecto hondamente lírico, donde una letras cuidadosamente elaboradas se integran en una mística repleta de matices, reflejo y diagnóstico de la realidad norteamericana en su vertiente más crítica.
Los elementos poéticos potenciados por las canciones del dúo han llegado a calar profundamente en un amplio espectro de gentes de todas las edades y sensibilidades, rebasando las fronteras limitadoras de lo estrictamente pop.
Paul Simon tocó fondo con El sonido del silencio, terminándola el 19 de febrero de 1964, consiguiendo una obra maestra. Su personalidad como compositor era ya un hecho indiscutible. La letra, cuidadosamente trabajada, rezuma un fuerte sabor literario, pero extrañamente atractivo. A pesar de la densidad de las metáforas, hay en ellas una especie de escalofrío eléctrico y urbano, una luz fría e implacable, que cala hasta el fondo de las gentes en su actos cotidianos, clamando por unas relaciones más cálidas entre quienes se ignoran en la gran ciudad e interponen esas murallas de silencio en torno a ellos. La atmósfera, a medio camino entre la ficción y la más cruda realidad, entre lo onírico y el hiperrealismo, capta con pavorosa receptividad el panorama que ofrecen unas docenas de personas apretujadas físicamente en los vagones del subterráneo, pero tan lejos y acorazados en su soledad. Sólo rompen este mutismo los graffiti que esmaltan la monotonía de los anuncios y de los ladrillos, luchando contra el silencio que va creciendo como un cáncer; graffiti que terminan siendo epitafios, sonidos de silencio garabateados en las paredes del metro.
Musicalmente presenta toda la poderosa osamenta de un standard, esto es, que la melodía tiene una cadencia lo suficientemente cerrada como para que el oído la acepte a la primera de choque, y lo suficientemente abierta para haber soportado sobre sus raíces originarias más de cien versiones. (Sólo Simon & Garfunkel han hecho de ella seis versiones diferentes, y la fuerza de su melodía ha permitido todos los tratamientos, desde el rock hasta el gospel). Nada tiene de sorprendente que fuese la canción que, al ser regrabada en versión electrificada, diese el triunfo a Simon & Garfunkel.

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